lunes, 26 de diciembre de 2011

2 CONSIDERACIONES 2 y una queja


Yo, Poncio Pilatos, me lavo las manos con jabón desinfectante y me las seco con tohalla de hilo egipcio. No quiero que después me acusen de apátrida por señalar cosas positivas en medio de una avalancha perpleja de celebración y de consumo. No es culpa mía que el 89,753% de las cosas que se publican y/o difunden en los medios de comunicación masiva oficialista y opositora, tengan una mala onda que apesta cual albañal de la Edad Media o Zoquete Tres Cuartos.

Y éste es el absurdo que me he propuesto subsanar escribiendo dos cosas buenas y planteando una queja más justificada que una rayuela, no necesariamente de Cortázar, o de él, como prefiera el culto lector.

Los tres tópicos que trataré en este artículo del día memorable de la fecha, conciernen a la Ciudad de Rosario de Santa Fe, República Argentina, América del Sur, etc. Esta frase no implica, no, que estas cosas no ocurran en otros lugares, no; tan sólo inserto esta salvedad pues no me consta, no, que sucedan o dejen de suceder en otros lugares de nuestra Patria Federalmente Unitaria, o del Planeta Tierra considerado como un todo hípico, homogéneo y verborrágico. Si me preguntasen: ¿querés que ocurran también en otras partes?, con una probabilidad muy alta, quizás respondería con cierto titubeo, "es posible".

Primera consideración

No recuerdo cuántos años hacen ya que empecé a percibir esto. Es la típica cosa que uno ve, vuelve a ver una y otra vez y, luego de un período medio indeterminado, nebuloso, perdido en cualquier galaxia, se percata de que es algo que va sosteniéndose en el transcurso del tiempo cronológico ancestral. Y se alegra con parsimonia hierática.

Paradójicamente, me refiero al hecho fáctico de la creciente cantidad de personas que, al subir al colectivo del transporte urbano público de pasajeros que presta servicio en la jurisdicción municipal de nuestro municipio, se dirigen cordialmente al chofer (que no forma parte del vehículo) saludándolo, ya sea diciendo "buenos días", "buenas tardes", "buenas noches", o tan sólo un "hola" amable que engloba todos los saludos considerados.

En la mayoría de los casos, los colectiveros responden al saludo. Sin embargo, he notado que, con un porcentaje mayor del deseable, hay algunos que no se dan por enterados, o miran al ingenuo pasajero, sorprendiéndolo en su buena fe, con cara de decir: "¿Y a mí qué me importa lo que vos querés balbucear, ¡pedestre!?". Es medio triste, ¿no?
Normalmente, si es posible, más que obvio (a veces aclaro cosas tan evidentes que...), me siento en el asiento del pasillo del primer asiento doble, es decir, junto a la puerta de ascenso. De aquí es que estoy emplazado en un lugar súper estratégico para percibir lo que sucede.

Hace menos tiempo, ha comenzado a suceder otra cosa importante: los pasajeros se despiden del colectivero cuando descienden por la puerta delantera, en clara transgresión de las normas vigentes pero no estoy escribiendo sobre eso.

En este caso, de manera similar al anterior, también hay colectiveros que responden, y otros no. ¿Cuál será la clave oculta?

Hace muchos años, tuve un percance desagradable. Era el 24 de Diciembre, a eso de las 9 de la noche. Al llegar en el colectivo a la esquina de mi casa, lo saludé al chofer deseándole Feliz Navidad. El tipo se dio vuelta y, sin decir nada, me miró con una cara de furia aplastante. Me bajé pensando "esta boca no es mía", y seguí silbando bajito (ya comenté anteriormente que "altito" no puedo), con la decisión tomada de no saludar a ningún otro colectivero durante el resto de mi vida útil o inútil.

Pasados algunos días, pensé qué podría haberle sucedido al pobre fulano para tener esa reacción. Supuse que puede haber pensado que estaba burlándome de él, que mientras bajaba le daba a entender: "yo me voy a festejar mientras vos te quedás laburando, parapanpán, parapanpán..."

Un tiempo indeterminado después, volví a saludar al subir y al bajar, tal como lo sigo haciendo en esta actualidad actual.

Y así voy, con mi carreta en flor.


Segunda consideración

Esto es algo que ha comenzado a suceder más recientemente. Estamos hablando (me fascina el plural mayestático) de la antigua usanza de ceder el asiento, en un colectivo repleto de pasajeros, a personas mayores, a saber.

Algo que me sorprende, en este cambalache problemático y febril, es que ahora yo soy uno de los destinatarios de esta costumbre reaparecida como un géiser. Desde luego que no pierdo la ocasión, porque la misma me hace, a mí, ladrón de la primera hora. A los que no lo saben o lo han olvidado, comento a la pasada y al pasado, que nací en 1949. Si esto no es "la primera hora", ¿la primera hora (auténtica o trucha, es igual) dónde está?

Algo que me parece sumamente importante es destacar las dos franjas sociales que en su mayor parte se comportan de esta manera: las chicas y chicos de alrededor de 10 años de bajos recursos, y los jóvenes (chicas y chicos) flirteando por los años 20, estudiantes, empleados, transeúntes, etc. Incluso hay quienes coleccionan estampillas, ósea, son filatelistas.

En razón de que me propuse hacer una consideración positiva, no digo nada de los que se hacen los opas, miran por la ventanilla, mandan mensajitos por el celular, leen el diario desaforadamente, etc.

Ni recuerdo tampoco a la nueva especie de monstruos que viene gestándose desde hace un tiempo: los niños reyes del mundo, malcriados por sus padres, sus abuelos, el resto de la familia, como si fueran... ¡Me producen un revoltijo, doña, que ni le cuento!


Una queja

Me pasma la densidad mental de algunos proyectistas, o lo que sean, en el mundo de las carrocerías.

¿Cómo no llegan ni a vislumbrar que una persona alta se puede agachar y que, por el contrario, una persona petisa no se puede estirar más allá de lo que le permite su escasa estatura?

No se han detenido a pensar en esto ni una fracción de segundo. Y así, otros enanos y yo, andamos a los sacudones en los colectivos actuales, agarrándonos como podemos de los asientos o de las personas. Antes de saltar acrobáticamente por una ventanilla, es preferible abusar de una señora gorda que sirva de ancla inamovible.

Para peor, los últimos colectivos de esta nueva generación que han comenzado a circular hace unos dos meses, son mucho más altos, pero les han puesto unas argollas que cuelgan del fierro sujeto al cielo. Es tan corta la correa que los sostiene, que resultan igualmente inaccesibles.

Veámosle el lado positivo: tienen equipos de aire acondicionado. Es decir, si puedo, voy a viajar en la planta alta, con calor y sujeto a lo que sea.

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Me dijeron que.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El ladrón cree...

Claro, en estos días todos están alegres, sonrientes, embutidos, amables, cómodos y esperanzados. El espíritu navideño nos rodea por doquier.

Aunque éste sea un estado transitorio, sirve igualmente porque refresca y permite seguir por el camino de la vida, en tanto y en cuanto este sentir sea real, ¿no?

En cambio yo, que tengo que empezar a redactar lo que me propuse, estoy con mucho miedo... No sé qué hacer... Me ha dado un ataque de pánico literario, o algo así...

Sergio Lapegüe
La raíz de mi problema es que ésta es la segunda vez (cfr. "Bien de verte") en que comienzo un artículo haciendo una referencia expresa al canal por cable privado TN y a uno de sus integrantes, Sergio Lapegüe.

Y se ha reforzado mi miedo a ser considerado como participante activo del Grupo Opositor, Nacional y Popular (GONAP). No me gusta que piensen de mí que estoy oponiéndome a algo, sino que siempre intento estar a favor de algo. De rebote, me opongo a lo contrario, es claro, pero no como finalidad principal.


En un ataque de arrojo inmemorial, me lanzo al abismo y doy por comenzado el artículo de la fecha. Si les viene en gana, que me incluyan en el GONAP, que para algo existe. Teniendo siglas, cualquier agrupación o entidad tiene una jerarquía inigualable, súper cool y muy fashion.

Me refiero, entonces, al programa "Prende y apaga", que se transmite los viernes a las 23:30, por TN - Todo Noticias - Todos Nosotros, etc. Es conducido por Sergio Lapegüe, quien fue el que tuvo la idea original. Como él mismo lo ha contado, estaba tan aburrido en el noticiero de medianoche que un día se le ocurrió preguntar al edificio que una de las cámaras exteriores estaba enfocando, si había alguien por ahí que estuviera mirando y, de ser así, que le contestara prendiendo y apagando la luz. Así de sencillo fue lo que luego devino en programa semanal.

Palito Ortega
Rifle Varela
No sé cuándo se le ocurrió a Palito Ortega escribir la canción para el programa. La cuestión es que le regaló a Lapegüe los derechos de autor. Juntos fueron a donárselos a una ONG, a una institución de bien público, o a quien fuera. "Lape" lo dijo pero no lo recuerdo.

En la conducción de este programa, Lapegüe es acompañado por Juan Manuel Valera, más conocido como "el Rifle Varela", vaya uno a saber porqué, quien en realidad es un periodista deportivo. La cuestión es que entrambos se llevan muy bien, son muy amigos, y hacen muchos y variados chistes, incluso en el mismo noticiero de medianoche. Verbigracia, los dos son medio tarados como a mí me gusta.

Empecé mirando el programa y, aparte de lo que me divertían y divierten los conductores, no comprendí cómo era posible que se juntara tanta gente distinta para mostrarse, mandar saludos a su familia, etc. Es decir, cosas que a mí no se me ocurrirían ni en estado de coma.

Este programa me dio pie para reflotar un tema que ya antes había pensado: ¡cuánta gente diferente que hay sobre el planeta!

Pitón
Ladrón
Como "el ladrón cree que todos son de su condición", tendemos a pensar que los demás sentirán, pensarán y dirán las cosas que yo mismo siento, pienso y digo. Esto, simplemente, es más falso que una pitón adormecida en el patio de mi casa. Ahí las pitones están todas bien despiertas, lo cual no significa que a mí no me suceda.

De hecho, en la vida cotidiana, estamos súper acostumbrados a vivir esta diversidad, pero lo hacemos de manera inconsciente.

Plomero
Para contrarrestar la discriminación, creo que se necesitan tres cosas:
a) saber que todos somos diferentes de todos,
b) aceptar que esto es así, y
c) integrarnos en un todo social.

Hombre negro
Hasta que no hagamos esto, en mi opinión seguirán siendo discriminados los negros, los de una clase distinta, los de diferentes religiones, profesiones y oficios, los que vivan en lugares muy remotos, los judíos, los homosexuales, los cartoneros, los aborígenes, los bomberos, etc.

Grupo de médicos
¿No sería, acaso, mucho más útil y saludable, o mejor, más humano, vivir integrados?

¿Por qué no buscamos las cosas que nos unen e igualan, en vez de fijarnos tanto en lo que nos hace diferentes y, por tanto, pasibles de la más acendrada discriminación?

Para un bueno funcionamiento social, todos somos necesarios, aunque sea en distinta medida -si esto fuera posible de ser mensurado-.

Canillita
Son diferentes, claro, los médicos de los canillitas (vendedores ambulantes de diarios, habitualmente chicos), pero éstos y todos formamos parte de la maquinaria social en la que vivimos.

Y no es justo comparar a las gitanas con las investigadoras. No obstante, todos estamos aquí por alguna razón.

Mosquito
De la misma manera, hay animales de especies muy diversas, de los cuales, a pesar de que  no sabemos para que están, suponemos que alguna razón habrá para su existencia, al menos para que la evolución fuera y sea posible. ¿Cuál será la razón de ser de los mosquitos? El que la sepa, que me la cuente; casi que me es necesario saberla.

Astronauta
Hace unos días, un amigo y yo charlábamos amigablemente tomando un café en un bar. Palabra va, palabra viene, llegamos a tocar el tema de las investigaciones espaciales. Mi amigo opinaba que, por así decir, era un desperdicio de dinero, teniendo en cuenta la pobreza horrorosa que abunda en el planeta. Cabe pensar que aunque tampoco tengo respuesta para esto, ahí están los astronautas tan abrigados haciendo sus entrenamientos y yendo de un planeta a otro, de una galaxia a otra, como quien anda en un carrusel. Al menos, es bonito pensarlo de esta manera.

Esquimal
¿Qué hará un esquimal viviendo en un lugar tan inhóspito? Me parece que tanto frío es perjudicial para la salud, como fumar. Además, estando en el Polo más Norte del planeta, no debe haber buena recepción de las señales de televisión y celulares. ¿Cómo van a vivir así?

Suena lógico pensar que deben tener muchos problemas, como en cualquier otro lugar de la Tierra, pero también deben tener momentos de felicidad, como cualquiera de nosotros.

Hombre mirando fútbol
Pienso, medito, reflexiono. Son tantas las maneras de ser que la inmensa mayoría de ellas me resultan inimaginables, incomprensibles y, para peor, criticables. ¿Qué sentirá un tipo cualquiera mirando fútbol por televisión, y morir de un paro cardíaco si la situación así lo requiere?

Yo, muy intelectual
¿No les parece lógico que ese tipo tan extraño piense qué puedo hacer yo escribiendo hasta tan tarde, redactando este blog audaz y paseandero, actividad altamente criticable, en vez de disfrutar de un buen partido de fútbol a la parmesana?

Como dije más arriba, no se requiere comprender la diversidad. Más aún, creo que no es posible comprenderla. Es necesario, o al menos conveniente, reconocerla, aceptarla e integrarnos. Todos tenemos algo que aportar: una de cal, una de arena, sin saber cuál es positiva, cuál la negativa.


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lunes, 12 de diciembre de 2011

Y2K = Imbecilidad mundial

Éste asunto fue una de las estupideces mayores que conozco a nivel planetario.

Sigo sin comprender cómo, siendo algo tan estridentemente tarado, no se hayan escuchado voces que aclarasen lo que se estaba diciendo. Atento el piojo: no sucedía "de boca en boca" (o de river en river); los medios masivos de comunicación le daban más manija que el torero a su perro...

Estoy refiriéndome a lo que se dio en llamar "Efecto Y2K". Es como mínimo pertinente que explique en qué consistió esta sigla, norteamericana hasta la muerte por infarto cerebral profundo y generalizado.

Y = "year", es decir, "año".
2 = segundo dígito de la matemática actual.
K = abreviación de la palabra griega "kilo-", que significa "mil", usada en castellano y otros idiomas (inglés incluido) como prefijo en "kilogramo", "kilómetro", "kilombo", "kiloparió" o cualquier término similar.

De esta combinación esotérica y atribulada, se sigue que se refiere al Año 2000. Dada la complejidad extrema de nuestro idioma patrio e hispanoamericano, no podía decirse esto último, sino hablar del tremebundo, aterrador, carbónico y culinario Efecto Y2K.

Lo que se pregonaba a voz en cuello se refería a la forma en que las computadoras ponían la fecha. Durante los primeros tiempos, sólo se usaban seis dígitos. En castellano: día (dd), mes (mm), año (aa), o sea, 31/12/99. En inglés cambia el orden porque primero se pone el mes y después el día; para el caso, es lo mismo.

El problema ecuménico (*) residía en el "año". Aclaro que esto es cierto, y no una mera estupidez. Si los programas informáticos estaban configurados para tomar la fecha sólo con los dos dígitos finales del año, cuando llegara el año 2000, los programas (que no "razonan" como creen algunos) iban a considerar que se trababa del año 1900. Esto produciría errores de cálculo muy graves, y se distorsionarían todos los datos. Hasta aquí, la lógica reviste un halo de aurora boreal que dignifica.

Sin embargo, no obstante, empero, pero yo, mosquita muerta si alguna vez hubo una, tuve la feliz ocurrencia de comprar una computadora en 1992. Lo sorprendente de esta nueva PC estribaba en que su sistema operativo (en aquella época paleolítica se trataba del DOS a secas), el dato del año ya era de cuatro dígitos. Es decir, al terminar el día 31 de Diciembre de 1999 (31/12/1999), la máquina, por sí misma y como consecuencia de todos los festejos que se hicieran, cambiaría a 2000 y... ¡no a 1900!

Nunca en mi vida estudié informática según algún criterio académico. Lo que sé, lo sé experiencialmente. Y lo que sabía me permitía concluir que, en mi minúsculo caso, no tendría problema alguno.

Mi asombro coercitivo no me daba tregua: ¿cómo podía ser que nadie, pero nadie de nadie, explicase dónde podía haber problemas reales?

De hecho, según me enteré luego, hubo problemas, en ciertos casos muy costosos de solucionar. Esto ocurrió en las empresas que tenían programas hechos con la fecha de sólo dos dígitos, las que tuvieron que rediseñar todos los lugares donde se hiciera uso de la fecha con ese formato.

Nadie de mi conocimiento, y yo tampoco, padecimos de algún problema, ni siquiera fiebres o humores fétidos.

Los que sí tuvieron problemas infundados fueron aquéllos que desconocían el simple cambio que Microsoft había introducido, como señalé aquí mismo, en la forma de ingresar la fecha, algo que podría haberse evitado con sólo abrir la boca y decir "mu".

Si yo lo sabía, tenía que haber un montón de tipos/as que supieran lo mismo y que, dado su nivel de estudios, hubiesen podido hablar como quien tiene autoridad. ¿Quién iba a llevarme el apunte a mí, neófito total en el asunto?

¿Por qué no lo hicieron? Sigo sin saberlo.

Y2K traerá muchas frustraciones a partir de Enero 1, 2000.


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(*) Nota al pie de la escalera (y ya se me están acumulando): Me juego la cabeza, sin temor a perderla como María Antonieta, que casi todos pensarán que estoy tomándome el Concilio Vaticano II en solfa, y no es cierto. En prueba de ello, vuelvo a transcribir la información del Diccionario:


ecuménico, ca.

(Del lat. oecumenĭcus, y este del gr. οἰκουμενικός).

1. adj. Universal, que se extiende a todo el orbe.


                                          ¿Y LA FLOR?




lunes, 5 de diciembre de 2011

Mi cuerpo y yo

Me parece que el título que acabo de escribir me rememora un libro que nunca leí y que tampoco pienso leer. Quizás haya sido escrito por JRJ (Juan Ramón Jiménez -las siglas están de súper onda-). Bueno, de ser así, da lo mismo; no quiero narrar la historia de mi propia cualidad de burro: me basta con serlo.

En realidad, quiero comentarles lo que creo respecto de mi cuerpo. Concretando, creo que yo...
¡¡ SOY HABITANTE DE MI CUERPO !!

Esta afirmación puede sonar un tanto extraña, sí, ¿y? ¿Cuál es el problema? ¿A dónde está, que no lo encuentro? ¿La ley acaso me prohíbe hacer este tipo de comentarios?

Mientras mi pueblo y mi público piensen, sientan, crean, opinen, o lo que sea, que pueden leer las cosas que escribo, pues ésta también es una de esas cosas. Propiedad intelectual: Carlos María. Algún día haré el depósito que, con toda amabilidad, solicita la ley 11.723.-

La noción de que mi cuerpo es distinto de mí, es decir que yo no soy mi cuerpo, sino que lo habito, es algo que comencé a intuir hace mil años atrás.

En Junio de 1985, primeros diez días, estuve en Zapala, Provincia del Neuquén (palíndromo, por si les interesa). En aquella época prehistórica, la vida social de la ciudad no era muy intensa; solamente había un bolichito muy agradable llamado "El Chancho Rengo". No se puede dudar de que este nombre me recopó. Pues bien, sentado que estaba cafeteando una noche allí, vino el dueño a encender la estufa que estaba detrás de mí. Al hacerlo, me advirtió:
- Tené cuidado, que se te puede quemar la espalda.

Con una prudencia excesivamente impropia de mí, no respondí nada, a pesar de que pensé: ¿cómo es esto de que "se me va" a quemar la espalda? ¿No habría sido más lógico decir: te podés quemar? Si la espalda se me quemaba, que vinieran los de emergencias a llevarla al Instituto del Quemado, ¡yo no iba a dejar de tomar café por un detalle tan hiperbólico y soez en su nimiedad!

Cuento esta anécdota con la única finalidad de mostrar desde cuándo vengo dándole vueltas a este tema ancestro-artesanal y ontológicamente inquietante, tanto para los iniciados como para los no iniciados.

Seguí pensando en esto. Le dije a una amiga:
- Yo soy distinto de mi cuerpo...

Me hizo papilla con su interrupción:
- Yo soy dueña de mi cuerpo y con él... ¡hago lo que quiero!

Yo, más mudo que una pared de cal y canto. Me revienta hasta la espesura que me interrumpan. Además, pensé: "si será tarada; de haber esperado medio segundo y escuchar lo que decía, no tendría porque haber sido tan guaranga para reafirmar lo que mismo que yo había comenzado a decir". Tengo una leve sospecha de que no se puede "ser dueño" de algo cuando "se es" ese algo, ¿no? Entonces, si ella era "dueña de su cuerpo", era habitante de su cuerpo, ¿o me confundo?

La Provincia de Buenos Aires, pionera ejemplar en todo asunto en ciernes, se adelantó declarando enfáticamente el derecho de todos y de todas a poseer un cuerpo digno de ser habitado por los ciudadanos de la noble República.

Conocí a una chica alemana de origen judío. Hablaba alemán, yiddish, inglés, hebreo, y de castellano, ni papa. Le pregunté cómo se decía, en esos idiomas, "me duele la cabeza". Le expliqué que si la cabeza duele a mí, entonces la cabeza no soy yo. Cabeza: sujeto de la oración; duele: verbo; a mí: objeto indirecto. O sea, yo no soy el sujeto de la acción, sino que lo es la cabeza.

Siempre discreto, acababa de conocerla y ya le estaba zampando este lindo interrogante. Lo pensó un buen momento y me contestó que en todos esos idiomas se dice de la misma manera. Esto me vino bien pues alguna vez me objetaron mi proposición argumentando que era una "forma de hablar", como si la forma de decir algo no tuviera ninguna significación. Bueno.

Continué dándole más y más vueltas en mi cabeza, que había dejado de dolerme, y se me ocurrió otra cosa: no estoy conectado a mi cerebro como corresponde. Tengo todo mi cuerpo inervado (a tope de nervios, para los que desconocen el término) y, no obstante, no me entero si mi páncreas está generando un cáncer. Pongo este ejemplo extremo porque esta enfermedad concreta no produce síntomas hasta muy poco tiempo antes. Digo: ¿cómo es que no me entero? ¿Por qué este cuerpo me desobedece y digiere los alimentos que consumo haciéndome engordar estrepitósamente? Le ordené que me quitara el enfisema: ¡ni ahí!

Nervios faciales:


Son un montón. Deben servir para pestañear, sonreír, maldecir, levantar una ceja en demostración de desconcierto, fruncir el entrecejo como consecuencia de un disgusto, mover las orejas, abrir la boca para papar moscas, y vaya uno a saber cuántas cosas más, útiles o inútiles; este aspecto colateral no forma parta del presente tratado espasa enciplodédico.

Sigo como cuando vine de España: no entiendo cómo mi cuerpo no me dice casi nada. En mi edad de oro personal, cuando tenía dientes de los cuales también era dueño pero que, a diferencia de los actuales, estaban incrustados en sus respectivos maxilares, mediante un dolor excelso y falaz, mi cuerpo me hacía saber que estaba cursando una caries. Por lo general, calla cautelosamente como monje de clausura. ¿Será que estoy clausurado?

Como siempre, ahí están las generosas propagandas que vienen a echarme una mano con este tema espinoso, porque lo hice todo a base de cactus.

No las recuerdo con claridad. Una decía que mi cuerpo había hecho mucho por mí, y me preguntaba: ¿vos qué hiciste por él? Esta querida pregunta, aparte de afirmar que mi cuerpo es diferente de mí, me culpa por no tratarlo con cuidado. La gente de la publicidad no es tonta, ¡qué va!

Y tantas otras de diferentes productos pero igual mecanismo.

Luego, con sabiduría cósmica y siguiendo el ejemplar ejemplo de la Pcia. de Bs. As., la de Santa Fe, hará uno o dos meses, nos zanjó el asunto con un decreto callejero. No sólo da por sentado que los habitantes de la provincia somos habitantes de nuetros cuerpos, sino que declara que éstos son bolsos, carteras, mochilas, billeteras o maletines:


Ahora, antes de salir de casa, agarro mi cuerpo, guardo en él mis derechos, y después voy a tomar el colectivo. ¡Es de cómodo!

Por otro lado, con la docilidad que me caracteriza desde hace medio minuto, obedezco a pie juntillas las señales que encuentro en mi camino:


Y ahicito nomás me pongo a cuidarlo tanto tanto que hasta parece un jardín florido en las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero... (confróntese a Bécquer, no a mí, que no soy autor de estas últimas líneas).

Todo este tema fue adquiriendo proporciones mundiales. Una escritora norteamericana de renombre, publicó un libro donde plantea estas cuestiones con sumo rigor científico:



Para mí, este libro llega tarde. Como acabo de contarles, ya vengo sanando mi cuerpo que es un contento.

A modo de anticipo de conclusión de este tema, y reforzando el alcance mundial que tiene, Jacqueline Bisset ha llegado a comentarnos su parecer:



¡Perfecta! ¡Diosa! ¡Genia! ¡Ídola! Su honradez desenmascara verdades inescrutables. ¿Que ella va a mentir? ¿Acaso alguien puede llegar a dudar de lo que dice de manera tan frontal? No, señores, ¡ni se les ocurra! Ella... no miente sobre su edad. Su piel, que justo pasaba por ahí, lo hace por ella. Porque su piel, que es el forro de su cuerpo envuelto como para regalo, no es ella. Ella, por muy británica que sea, también es habitante de su cuerpo. Si no, sería una mentirosa, doña, que ni le cuento...

Por último, destaco un punto realmente antiguo, y lo digo en serio: todas las religiones hablan de la vida después de la muerte. Si nosotros fuéramos nuestros cuerpos, al morirse éstos, también nos moriríamos nosotros. Pero no, el cadáver, o restos mortales como dicen en el diario, se crema o se sepulta mientras nosotros nos rajamos para el Cielo o el Infierno, o bien esperamos pacientes una nueva reencarnación, o viajamos por debajo de la tierra para ir a tomar un café con Osiris, u otras múltiples variantes a disposición del que las desee.

Milo nos dejó esta foto de un muy buen cuerpo de mujer que fuera habitado por una antigua matrona persa, conocida como Venus, de una alcurnia que ni se cuenta.

Por su lado, el magnánimo Miguel Ángel Buonarroti nos legó un cuerpo de hombre que habitó un tal David; parece que este muchacho reventó de un hondazo a un urso inmenso y caníbal llamado Goliat pero, como es un episodio muy antiguo, se han echado a perder los diskettes donde estaba archivada la información correspondiente. Yo les dije: hagan backup en CDs o DVDs. La cosa ya no tiene remedio.

¿Y la flor?


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